
No hay nada peor que la noche, cuando se aparece y tu dormido. Y no dormido de tener cerrados los ojos y soñar, sino dormido en la soledad. Por más que me digo a mi misma “esta vez no será igual”, termina siendo igual o peor que la última vez que arrojé mi corazón a un tonel de basura y camine con mi dignidad entre las patas. La noche simplemente llega. No avisa, tal vez con alguna que otra señal como el sol que se esconde o las chicharras que cantan cuando es verano. Imaginen que, sufro por él durante varios días y luego simplemente contesta el mensaje del celular con un “Gracias, muy amable. Buenas noches”, no soy de las personas que suelen quedarse con las cosas como están, yo indago, sospecho, todo quiero saber “¿Por qué lleva días sin aparecer? ¿Por qué no me contestó los últimos mensajes? ¿Por qué esa actitud?” y supongo que el síndrome que tengo llamado SER MUJER, me lleva a acciones desesperantes dignas de un detective que está sumergido en la búsqueda incesante del asesino de su caso, cual Sherlock Holmes, cual Agata Christie. Hoy creo conformarme con un libro de Charlotte Bronte, hermana de la otra que también escribe sobre romances; o con la espera de un hermano que se fue al viaje que tú siempre has soñado y se supone traerá libros nuevos para que leas, o tal vez no los trae ¿qué sabes tú?
Y es que no hay nada peor que la noche. Porque cuando ella llega parece que la naturaleza estuviera confabulada con tu estado de ánimo, y cuando hay sol estás alegre, con energías; cuando llega la tarde pareces fatigada y somnolienta; y finalmente cuando llega la terrible suegra te vuelves taciturna y distante de los demás, te encierras en un cuarto que parece más bien el quinto sueño del que hablan en Inception y comienzas a escribir deliberadamente con miles de vómitos poéticos y narrativos.
Sara Rico**
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